Olvido de la Patria

Un nuevo 25 de mayo se acerca, y al igual que muchos otros, en lo único que pienso es en aprovechar el feriado. Dormir hasta tarde, desayunar en la cama, organizar un paseo. Esa25 de mayo 5s, entre otras ideas, ocupan mi cabeza.

¿Pero por qué es feriado?

En la escuela me dijeron que el 25 de mayo de 1810 fue un día lluvioso; pese a eso muchas personas se juntaron frente al Cabildo, esperando la resolución a la que llegaría un grupo de hombres, que debatían sobre la situación del territorio y su relación de dependencia con España.

25 de mayo 6

En las fotos de libros escolares, recuerdo ver a mujeres con hermosos vestidos y grandes peinetas acompañadas por sus sirvientes; mientras, por su lado pasaban caminando el aguatero, la mazamorrera o el vendedor de velas y también, hombres vestidos de forma muy elegante. Supuestamente French y Beruti repartían cintas celestes y blancas, esperando con ansias el sol del 25 ante el grito ¡Viva la Patria!

Hoy escucho ¡Viva la patria! en algunos programas de la televisión. Sobre todo los culinarios, siempre hacen ediciones especiales con los platos típicos patrios como locro, empanadas o pastelitos, por ejemplo. Tampoco falta la televisación del acto organizado por el gobierno, en homenaje a dicha celebración y principalmente la entonación del Himno Nacional Argentino.

En los magazines y noticiarios aparecen todos luciendo la escarapela. Puedo decir que la última vez que la utilicé fue cuando iba al colegio, así como también fue la última vez que canté el Himno. Ni siquiera en el Mundial de Fútbol se lo canta.

Cada vez que dicen ¡Viva la Patria! siento palabras vacías. Uno sabe que el 25 de mayo es una fecha importante, pero nadie le dedica una parte de su tiempo a pensar en aquellos hombres que formaron la Primera Junta y destituyeron al Virrey Cisneros. Nadie piensa cómo en aquella época tan difícil, en la que no existían los medios masivos de comunicación ni las redes sociales, los ciudadanos del territorio se unieron y dijeron basta a la dominación española, luchando poco a poco pero constantemente hasta alcanzar seis años después la proclamación de la Independencia.

En la actualidad, es bastante difícil pretender esa unión, pese a los avances tecnológicos existentes. Son pocas las veces que los individuos se unen por una determinada causa y en muchas de ellas, el compromiso no es del todo verdadero. Siempre hay disidencias o confrontaciones. Sería realmente positivo que todos nos uniéramos y viviéramos el 25 de mayo, como las demás fechas patrias, recordando realmente su importancia.

Por mi parte reconozco que no uso los símbolos patrios, ni espero las fechas para celebrarlas, ni siquiera cocino una comida típica.  La única vez que viví una experiencia diferente y tuve conciencia de la importancia de ese día, fue para los festejos organizados por el Bicentenario. Recuerdo que fui al obelisco y había cuadras y cuadras, ocupadas por personas que transitaban recorriendo los distintos puestos correspondientes a cada provincia argentina, donde se podía conocer su historia, su geografía y también disfrutar de sus platos típicos. También, estuvieron presentes colectividades de otros países, que mostraban sus danzas tradicionales, con sus respectivas músicas y vestuarios. Sorprendieron los desfiles de carrozas, representando diversos momentos significativos de nuestra historia. Se contó con la presencia de presidentes de otros países que vinieron para participar del festejo y de muchos artistas reconocidos por su talento. Durante toda la semana de mayo se sucedieron diversos eventos.  Yo sólo concurrí el 25, y por primera y única vez, sentí que le rendía homenaje a ese día y que el grito ¡Viva la Patria! al fin tenía sentido.

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Srta. Granger

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Más vale un Mayo Francés que un Julio Argentino

El Mayo francés fue mucho más que una revuelta estudiantil-obrera en las calles de París. Cincuenta años después es difícil pensar en la juventud como sujeto político, en el estallido feminista o en el graffiti como forma de expresión y de toma del espacio público,  sin remitirnos a él.

En tiempos de retroceso de derechos y avance del conservadurismo, de discursos neo-roquistas, de frivolidad y materialismo utilitario; es ineludible rescatar algo de su creatividad, de su espíritu libre y utópico. Recordar el Mayo francés a modo de efeméride es pura contradicción, sería preciso pensar cuál es nuestra responsabilidad histórica con respecto a su legado como estudiantes, como jóvenes, como mujeres y trabajadores.

El mayo del ’68 fundó toda una estética de la manifestación, llena de poesía y vehemencia. Nos recuerda que el grafitti y la insolencia no son cosa nueva de feminazis, ni de países tercermundistas. Que las conquistas sociales no aparecen sin furia, ni pidiendo permiso. Y que los jóvenes tenemos voz y potencia de cambio.

Acá algunos grafittis que nos dejó:

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“Las paredes tienen orejas, sus orejas tienen paredes”

“La barricada cierra la calle pero abre el camino”

“Prohibido prohibir”

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“La libertad comienza por una prohibición”

“El patriotismo es un egoísmo en masa”

“Nuestra esperanza solo puede venir de los sin esperanza”

“El arte ha muerto, liberemos nuestra vida cotidiana”

“Un policía duerme en cada uno de nosotros, es necesario matarlo”

“La imaginación al poder”

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“Seamos realistas pidamos lo imposible”

“Bajo el empedrado está la playa”

“No hay pensamiento revolucionario sino actos revolucionarios”

“Olviden lo que han aprendido, comiencen a soñar”

 

Peperina

Platos sucios

 

Eran esos meses de días cortos y noches largas. Quizás fuera agosto o julio, no recuerdo bien. La luz parecía evaporarse y su irresolución no hacia más que profundizar mi desconcierto. Constitución me dio la sensación de las cosas ya conocidas pero que bajo otra luz parecen extrañas.

Me quedé mirando esa coreografía infinita. Hileras de personas que iban y venían, se entremezclaban nerviosas, como hormigas asustadas. Cansadas del día, de agosto, de julio, de la vida. ¿Dónde iba ese par de zapatos tan apurado? El hombre empujó a una señora, la señora lo insultó, al hombre se le cayó el maletín.

En verdad el andén me parecía ajeno, al igual que la gente. El estado de soledad en la multitud hace que el ojo se sensibilice, se descubren cosas donde los demás no ven nada. Esa danza de gente nerviosa, corriendo hacia ningún lugar, me pareció un espectáculo increíble, casi una comedia teatralizada.

Creo que me reí. En ese momento un chico percudido y olvidado le pidió alguna moneda al señor del maletín. El del maletín era un hombre viejo, cadavérico pero ágil. Pasó al mendigo como si no existiera.

Escuché el ruido nervioso del tren acercándose y miré el reloj. A unos metros un hombre también contemplaba la función de las seis. Hasta ese momento había creído  ser la única persona capaz de abstraerse en esa enorme madeja de gente. Pero no. Su mirada cansada también seguía con inquietud al cadáver ambulante.

Un vendedor pasó, me ofreció chucherías, esas made in Taiwán. Le agradecí rápido, casi en un murmullo incomprensible. Un segundo de distracción y aquel hombre ya no estaba junto a mí sino escabulléndose detrás del anciano de la maleta.

A veces los hombres responden a leyes que escapan a la lógica común, esa es la que fuerza me empujó a perseguir al perseguidor. En realidad en casa no me esperaba más que una pila de platos sucios y un perro ciego; y son en esas ocasiones en las que me impongo desafíos como el de persistir sin motivo alguno, con absurda tenacidad.

Me entusiasmaba ser el protagonista de una persecución. Quizás eso podría hacerme sentir un poco más vivo, un poco menos solo. Me ayudaría a despegarme de mi obsesiva necesidad por darle un sentido a las cosas.

El viejo enfiló para la plaza y el hombre fue tras él. El hombre era mucho más joven pero parecía un setentón. Destrozado, roto de hartazgo, arrastraba sus pies al borde del desfallecimiento. Me pregunté si aquel anciano le robaba la energía.

Sufrí con él el cansancio del mundo, de la estupidez humana, de la injusticia. Me entristecieron sus ojeras profundas, violáceas.  Por un momento sentí que sus débiles piernas eran en realidad las mías.

Aquella procesión había dejado atrás el edificio antiguo de la estación de trenes y cruzaba la calle. La gente se agolpaba para subir a los colectivos. En el borde de la vereda un hombre arrastraba con desgano un carrito que sonaba a botellas vacías.

El viejo y su aficionado aceleraron la marcha llegando a la plaza de la estación. Esquivamos a un prócer de bronce al que le habían robado la espada. Otra distracción más y por poco no los perdí de vista. Hacía frío, mucho frío; me cerré la campera hasta las orejas y también aceleré el paso.

El hombre cansado demoró sus pisadas, finalmente paró y vi como prendía un cigarrillo. Más allá el anciano se había detenido y apoyaba su maletín sobre la mierda de las palomas que revestía un banco de plaza.

Los focos de la calle daban sensación de fantasía. Mientras tanto el viejo revolvía su maletín. Yo tanteé mis bolsillos, busqué el encendedor y también dí un par de bocanadas de humo. Me hubiese quedado allí, fumando bajo la luz moribunda de la plaza, pero el viejo no se quedó quieto más de dos pitadas.

Andábamos cómo encadenados los unos a los otros y quedamos frente a la iglesia. El viejo fue el primero en cruzar la calle y entró con su maletín lleno de quién sabe qué. El hombre fue tras él pero se detuvo en la puerta antes de entrar.

Un negro arrodillado sobre una manta vendía rosarios y velas con la cara de la Virgen. Tengo casi la completa certitud de que el hombre cansado hubiese querido agacharse, pero no pudo. Casi suplicante, apuntó con su dedo a la manta. El negro le alcanzó un rosario y completaron la transacción. Una hilera de cuentas pendía de su mano hasta llegar a una cruz y con ella el hombre entró a la iglesia.

Creo que sentí una absurda fascinación por el negro, o por sus rosarios de colores, porque antes de que me quisiera dar cuenta estaba yo también sobre la manta. El negro tenía olor a vela, olor a cera y a rosas. Le dije que quería un rosario, el mismo que había comprado el hombre anterior. Me sonrió con unos enormes dientes blancos.

Compré un rosario rojo, de plástico, pero no quise entrar a la iglesia. Crucé la calle volviendo sobre mis pasos y me quedé en la plaza. Le pregunté a una mujer que pasaba cómo se llamaba la iglesia. “Del Inmaculado Corazón de María”, me dijo muy al pasar.

Me quedé mirando el templo católico coronado por dos enormes cúpulas afiladas, sublimes. Eran un par de flechas apuntando al cielo. No sé de dónde vino la nostalgia que me estrujó el estómago, pero pensé que si me casara debería ser allí. Y temí  ser en el fondo un patético sentimentalista.

En ese momento recordé que el hombre cansado estaba en el interior del edificio. ¿Estaría suplicando por todos los cansados del mundo? En eso lo vi salir. Supuse que no había rezado más que dos o tres padres nuestros. Quizás también estaría exhausto y decepcionado de suplicarle a la nada.  

El hombre se quedó un rato más hablando con el negro. Finalmente compró una Virgen de esas que cambian de color según el tiempo. Del otro lado de la calle vi como una vez más el negro sonreía mostrando sus dientes blancos.

El viejo no había salido. No era posible que yo no lo hubiese visto, parado ahí  como un idiota frente a la puerta. La procesión había llegado a su fin. Quizás el viejo había sido deglutido por ese húmedo y silencioso edificio. Quizás fuera un viejo anarquista y como en las mejores películas de Stallone todos volaríamos por los aires; la iglesia, el negro, yo y mi sentimentalismo religioso. Después de todo hubiese sido un buen final.

El hombre atravesó la calle con su rosario y su nuevo fetiche plástico. Venía hacia mí. Podría por fin preguntarle, terminar con el misterio. Preguntarle si era un perseguidor de vidas ajenas o un cuentista en busca de historias.

Había pasado un buen rato siendo protagonista de una digna persecución de película, especulando sobre el maletín y su perseguidor. Me decepcionó pensar que quizás el hombre simplemente quisiera devolverle algo al anciano, lo conociera, o fuese puro azar que se dirigiesen los dos en la misma dirección. Pensé que quizás fuera un momento más, simple y monótono entre tantos miles de personas.

No quedaban más vestigios del día. Dejé pasar al hombre cansado a mi lado. Como si nada, como si no lo hubiese estado persiguiendo durante todo ese tiempo.

Yo también estaba terriblemente exhausto. Agotado de querer distraerme, del esfuerzo por darle emoción a ese invierno ordinario de Buenos Aires.

Me arrimé al cordón de la vereda. Pasaba un carrito descascarado, desbordado de cartones; frené al hombre, saqué el nuevo rosario del bolsillo y se lo dí. Bostecé y paré un taxi. Ojalá el taxista no me empiece con historias, pensé.

 

 

*Basado en “La hora de los cansados” de Enrique Vila-Matas

 

Peperina

 

 

Del miedo al amor

Con la intención de escribir para sanar, hoy lo hago sobre uno de mis mayores miedos. Quizás con angustia, congoja y un poco de incertidumbre, estas palabras son inspiradas en todas las charlas que tuve sobre el tema y tomadas con cuidado por los recuerdos que me llegan a la mente. Mi enemigo es el rechazo. No voy perdiendo pero da pelea. Cuando creo que voy ganando, toma fuerza de algún lugar y me desequilibra de nuevo.

No sólo lo vivo como un miedo sino que lo padecía como si fuera una pequeña tortura. Cada “no” que se me cruzaba, me llenaba los ojos de lágrimas -ahora lo manejo mejor-. La idea de que algo no pudiera salir como lo estaba planeando me rompía la armonía, me superaba, y por temor a que mis planes fallaran es que comencé a postergarlos, a dejar que las cosas pasaran sin que yo avanzara como me hubiera gustado. En esta instancia, ya se me sumaban dos cosas: la presión social/personal (es esa que tenemos los que creemos que las cosas tienen que ser de determinada manera porque alguien lo declaró así alguna vez, como triunfar en la carrera/profesión que elegiste) y el miedo a no poder cumplir con las expectativas propias y las que, claro, el resto tenía de mí. Y de repente me estanqué pero los demás no lo veían, me exigía para que no se notara, daba todo de mí pero nunca se dieron cuenta. Y los defraudé, pero ellos también a mí. Me sentí sola, triste y rechazada. Todo junto. El miedo me ganó definitivamente hace un año, cuando literalmente me paralicé y la angustia era tal que ya no sentía otra cosa que no sea terror. ¿Cómo se hace para no tenerle miedo algo que me hizo eso? ¿Cómo se hace para que te deje de asustar algo que vos mismo te imponés? ¿Como le gano a un enemigo si está dentro mío?

Con paciencia, con ayuda y con amor y aceptación propia ❤

Visibilización del Proyecto UniCaba

Las voces acalladas intentan hacerse oír. Saben que estando juntos, es la única manera de resistir. Mostrarse en el espacio público, es la forma de visibilizar su lucha.

Un grupo de 100 jóvenes, aproximadamente, se hizo presente en la inauguración de la nueva edición de la Feria Internacional del Libro, el jueves 26 de abril, utilizando máscaras y portando carteles, en contra del Proyecto UniCaba. Lo acontecido, tuvo lugar en el predio de La Rural, cuando el ministro de Cultura porteño, Enrique Avogadro, subió al escenario para dar inicio a su discurso.

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“Manifestantes”, “fascistas” y “patota de autoritarios”,  fueron algunas de las expresiones que se utilizaron para describir el accionar de los jóvenes; el cual se caracterizó por la presencia de cantos y pancartas, contra la nueva propuesta educativa del gobierno.

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El proyecto en discusión, ingresó al debate en la Legislatura porteña, durante diciembre del 2017, y se basa en la creación de una Universidad de Formación Docente, que reemplace a los Institutos de Formación Superior. Para el gobierno, esta medida posibilita la jerarquización de la formación docente,  el aumento de las instancias de prácticas pedagógicas, el incremento de docentes en la Ciudad de Buenos Aires y la incorporación de nuevas tecnologías de la información y la comunicación, entre otras cuestiones.

Los estudiantes, profesores y graduados de terciaros, luchan por la supervivencia de las 29 instituciones, mediante el lema “NO AL 29X1”. En las redes sociales, se pueden encontrar diversas publicaciones de los afectados, intentando llamar la atención de la comunidad, para conseguir apoyo y visibilidad.

El Consejo de Educación Superior de Gestión Estatal denunció que la propuesta, fue elaborada sin la participación de los Institutos de Formación Docente, y con un desconocimiento de la trayectoria de los establecimientos y de sus profesores.

La interrupción del discurso del ministro, generada en la Feria, se alinea con la marcha ocurrida el 12 de abril, en la cual bajo la consigna “Defendamos nuestros profesorados”; miles de personas pertenecientes a los Institutos de Formación Superior, se movilizaron hacia el Ministerio de Educación, en repudio al Proyecto UniCaba.

MARCHA

Algunos de los puntos más criticados del proyecto son: la pérdida de la autonomía política de los 29 institutos, la incertidumbre respecto a la situación laboral de los docentes y auxiliares, la amenaza de la vigencia del Estatuto del Docente y de los diversos convenios laborales, y la validez nacional de los títulos.

El último ítem es uno de los que más repercute en los estudiantes, ya que las respuestas concretas en cuanto a plan de estudios, correlatividad de materias, espacio de cursada y entrega de títulos, aún son imprecisas.

La necesidad de ser escuchados, de que no los censuren, de que el tema esté en la agenda de los medios, y se abra una verdadera instancia de debate en la cual todos los involucrados puedan participar, es lo que motiva las distintas acciones públicas que fueron llevadas a cabo, durante el último mes.

Srta. Granger

Recordando el Día Internacional del Libro

El Día Internacional del Libro se celebró el lunes 23 de abril. En conmemoración a esa fecha, y en concordancia con el inicio de una nueva edición de la Feria Internacional del Libro, los invitamos a leer el siguiente relato.

Estuve31168659_824790277712089_2562892073120301056_n pensando en los libros que leí a lo largo de mi vida; esas historias que de chica me entretenían y me hacían reír, pero que con el tiempo quedaron olvidadas, archivadas en alguna caja o en algún cajón de mi cuarto.

Cuando era una niña, mi mamá me invitaba a leer un cuento y yo, muy contenta, iba y elegía uno, entre todos esos que se presentaban ante mis ojos, llenos de dibujos y de colores, cargados de magia e ilusión.

A medida que fui creciendo, el placer por la lectura también lo fue haciendo.

Los libros se me presentaron como la puerta a un nuevo mundo, totalmente desconocido, lleno de misterios y de posibilidades.

Durante mucho tiempo, me pregunté si ese mundo era real, si había alguna forma de entrar y quedarse allí para siempre, si existía alguna especie de portal mágico que nos permitiera abandonar nuestra realidad y convertirnos en los protagonistas de esas historias.

Con el paso de los años, esos cuentos que mi mamá me leía y que yo reconocía por sus dibujos, fueron dejados de lado por nuevos relatos, nuevas historias de distintos géneros, que me fueron atrapando hasta dejarme sin aliento.

Sin duda, la lectura es una actividad apasionante, o al menos lo es para mí.

Sin embargo, es triste saber que al igual que yo, que guardé mis libros de niña; hay miles de libros que se encuentran archivados en sótanos, en altillos, guardados en cajas, llenos de humedad, lastimados por el paso de los años, pero aún así continúan vivos. Sólo se necesita que alguien vaya y los saque de la clandestinidad, que les de una caricia, que los abra y que comience a leer sus primeras líneas, para que éstos resurjan a la vida como el ave fénix.

Hoy, ya no me pregunto si ese mundo nuevo que nos presentan los libros es real; hoy, puedo afirmar que mientras leo un libro entro a ese mundo.  Por lo menos en mi cabeza, puedo conocer a sus personajes, ver los lugares donde transcurren los relatos, sentir las emociones que se presentan en cada frase que leo y percibir con todos mis sentidos, cada una de las situaciones que se van sucediendo . Puedo formar parte del universo de cada historia.

Srta. Granger

UNA INVITACIÓN A CAMINAR

Cuando era chica mi mamá siempre me decía: “Después de los 15 los años pasan volando”. Hoy sé que es verdad.

Cada día nos despertamos con el sonido de la alarma del celular. En el mínimo de tiempo posible nos bañamos, nos cambiamos, e intentamos desayunar algo. Caminamos rápido hacia  la parada, con miedo de perder el bondi. Corremos hacia el trabajo para asegurarnos llegar a horario.

Durante la jornada laboral que puede variar entre cuatro, seis, ocho o incluso más horas diarias,  estamos encerrados realizando tareas; intentando dar lo mejor de nosotros mismos para cumplir con las expectativas de los demás y cuidar nuestro empleo.

Miramos el reloj constantemente. Llega la hora del almuerzo y del descanso de nuestros cerebros. Comemos rápido, porque ya estamos acostumbrados a hacerlo. Al menos una vez a la semana, el malestar estomacal nos visita por esa causa.

Finalizan nuestras responsabilidades laborales y debemos correr hacia la facultad. Sabemos que tenemos el tiempo justo para llegar a la materia en que nos anotamos.

Un subte, un tren y un bondi. Hacemos las combinaciones necesarias para ahorrar todo el tiempo que podamos. Subimos y bajamos las escaleras corriendo, atravesamos las manifestaciones, nos bajamos del colectivo porque se le pinchó una goma y esperamos con demasiada ansiedad al siguiente.

Llegamos a nuestra querida casa de estudio. Nos tiramos hacia la cartelera para visualizar el aula de nuestra materia. Subimos los cuatro pisos.  Si tenemos suerte y el ascensor funciona nos ahorramos varios minutos, sino por escalera, utilizando el poco aire que nos haya quedado. Localizamos el lugar y nos ponemos contentos de haber llegado justo a tiempo.

Transcurren dos, cuatro o seis horas, con pequeños intervalos de 10 minutos en algunos casos, mientras que salimos de un aula y vamos a otra. Terminamos de cursar y con la poca energía que nos queda emprendemos el regreso a nuestras casas.

Tenemos los minutos exactos para comer y bañarnos. Si tenemos suerte alguien nos dejó la comida lista, sino vemos lo que se puede inventar, pero sí o sí tiene que ser algo rápido. Si el vicio nos puede, vemos alguna serie, pese a que nuestros ojos se cierren.

siluetas_gente_corriendo_21962358_xxlPrimavera, verano, otoño, invierno. Las estaciones transcurren y nuestras rutinas se repiten. Funcionamos de modo automático. Esperamos ansiosos la llegada del fin de semana, y hacemos una fiesta si nos toca un feriado.

El tiempo vuela y se nos escapa. Intentamos agarrarlo, ahorrarlo, exprimirlo lo más posible. Pero aun así se nos va. Sin embargo, no es culpa del tiempo, ya que éste nunca cambió.

El año sigue teniendo 365 días. El día sigue teniendo 24 horas. Cada hora sigue teniendo 60 minutos. Cada minuto sigue teniendo 60 segundos.

¿Pero por qué mi mamá siempre me decía que después de los 15 los años pasaban volando?

Nuestra sociedad nos hace correr. Nuestra agenda cargada de diversas actividades nos hace correr. Nuestras responsabilidades diarias nos hacen correr. Corremos, corremos y corremos con el único fin de cumplir.

Cumplir con el trabajo, cumplir con la facultad, cumplir con tus amigos, cumplir con tu familia, cumplir con tu pareja,  cumplir con tu profesora de inglés, cumplir con tu maestro de karate, cumplir con el vecino que le prometiste ayudarlo con la mudanza, etcétera. Vivimos obligados y auto obligándonos a cumplir con todo y con todos.

Antes de los 15 sentimos que el tiempo transcurre más lento, ya que cuando somos chicos no tenemos que cumplir con nada ni con nadie, simplemente disfrutamos nuestro tiempo. Jugamos, comemos, dormimos, cantamos, bailamos, estamos con nuestra familia y amigos. Somos libres de hacer lo que queramos.

A medida que crecemos, empezamos a tener responsabilidades. Más crecemos y más obligaciones tenemos. Más obligaciones tenemos y menos tiempo tenemos. Menos tiempo tenemos y menos vida tenemos.

De la misma forma que el tiempo se nos escapa diariamente, y no podemos visitar a un amigo que hace mucho no vemos, no podemos asistir a un almuerzo con la familia, no podemos estar en el nacimiento de un ahijado, o no podemos compartir cosas diarias con nuestros seres queridos; la vida se nos va.

Un día el tiempo se va a ir y nunca va a volver. No vamos a tener otras 24 horas para reiniciar nuestro funcionamiento automático. Un día no vamos a correr más.

Ojalá fuera una decisión propia no correr más y empezar a caminar.

Cuando uno camina puede observar lo que hay a su alrededor. Los edificios, las casas, los árboles, las plantas, el cielo, el sol. Cuando uno camina se permite mojarse por la lluvia, ayudar a alguien que lo necesite, o pasar por una tienda y comprar un presente para un ser amado. Cuando uno camina ve a las personas que tiene a su lado, se da cuenta que no son desconocidos y se permite compartir tiempo con ellos. Cuando uno camina, ve todo desde otra perspectiva, la rutina se modifica.

Creo que todos deberíamos dejar de correr y empezar a caminar. Seguramente nos levantaríamos con más energía, comeríamos tranquilos, descansaríamos mejor y nos ahorraríamos varias consultas al médico.

Caminando o corriendo el tiempo sigue durando lo mismo. Nuestras responsabilidades siguen siendo las mismas y las vamos a seguir cumpliendo.

Simplemente les propongo, y me propongo, correr menos y vivir más.

Srta. Granger.

Nueva edición de la Feria del Libro

La 44ª edición de la Feria Internacional del Libro llega este jueves, a la ciudad de Buenos Aires. El mítico lugar de encuentro, continua siendo el Predio de la Rural.

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En el complejo, se van a poder visitar más de 400 stands, con la presencia de más de 1.300 expositores. Además, se va a poder participar de diferentes actividades y encuentros culturales, que se hayan programados en la agenda de la feria.

Este año, continuando la tradición de los últimos tiempos,  la feria va a contar con varios escritores invitados, tanto nacionales como internacionales. Es importante consultar el cronograma, para saber el día y la sala en que se va a dar cada charla.

En esta oportunidad, el valor de la entrada es de lunes a jueves de $80, mientras que viernes, sábados, domingos y feriados es de $120. También se puede acceder a un pase de tres visitas, cuyo costo es de $190.

Para obtener más información sobre la feria, las visitas y las distintas actividades que se pueden realizar les recomendamos visitar el sitio oficial: https://www.el-libro.org.ar/

Srta. Granger

 

 

Un café

Casi no hay gente desayunando esta mañana. Son tantas las mesas vacías que los mozos Se juntaron a charlar en la cocina. De vez en cuando se escucha alguna que otra risa desde allí. Los comensales, en cambio, están todos en silencio. Uno en particular pareciera molestarle aquella conversación tan vivaz que oye de espaldas. Su cara se transforma al escuchar las carcajadas. Enseguida hunde su trompa en la inmensidad del tazón que le cubre la cara, dejando a la vista sus anteojos de marco negro totalmente empañados y sus cejas levantadas haciendo un gesto fastidioso. Al dejar el café en la mesa, su visión vuelve y se detiene en una mujer. No logra volver a fijar los ojos en su comida. La observa en la tranquilidad del espacio. La observa como si no hubiera espacio. Sola, con la mano triste, sin color, y las pocas arrugas que la acompañan, envuelve sutilmente el mango de una taza. No demora en acercar la palma contraria y cubrir con ella toda la cerámica blanca, sintiendo su calor en cada poro que la roza. Pocos tragos, entre cinco y seis, son suficientes para satisfacerla. Saca cuarenta y cinco pesos de su bolsillo, los acomoda con la cara de los próceres hacia arriba, los deja bajo la azucarera y se retira, sin antes agradecer en voz alta a quien pueda escucharla. Él se apura para poder seguir su paso. No sabe cuánto cuesta su desayuno y desordenadamente encuentra ciento veinte pesos en la billetera. Los tira en la mesa sin importarle si cae en una de las medialunas a medio comer del plato o dentro del café y sale a buscarla. La ve caminando sin tropezarse entre un sinfín de personas que hacen caminos zigzagueantes para no chocar una con otras. Algunos lo logran y otros no. Algunos piden disculpas y otros no. Pero nadie la choca. Ella llega a la esquina sin poder reconocer una sola de las caras que vio en esos cien metros recorridos. Los segundos que tarda ese semáforo en ponerse en rojo son suficientes para que una multitud le quite su lugar privilegiado frente a la senda peatonal. Es el momento ideal para que él pueda presentarse. Con la lengua entre los labios y los ojos entrecerrados parece inventar una estrategia. Después de dos pasos baja a los adoquines y camina con rapidez bordeando el cordón de la vereda. Parece que logrará la encuentro. Orgulloso y valiente alza la cabeza para buscarla entre esa muchedumbre. El semáforo volvió a verde. No la encuentra y él volvió por sus medialunas.

Perfil Limón Violeta

Soy Florencia. Hace unos años aprendí a la fuerza a ser diplomática pero en mi estado más natural soy ácida, como un limón. El violeta me acompañó desde que nací. Mi mamá tiene mil anécdotas para contar de cuando era chica pero siempre dice que me encaprichaba con el violeta. Violeta el vestidito, violeta el par de anteojos, violeta sobre el rosa siempre. Hoy, me sumergí en el violeta de la marea feminista. Soy naturalmente feminista.

Hace muchos años que escribo. Ficción. Mi hermano me insistió toda la secundaria para que llevarla mis textos a una editorial pero no, seré por siempre la JK Rowling frustrada. Sí, porque el mundo está privado de mis maravillosas obras. Quedan advertidos de mi ironía.

Lo positivo de aquel entonces es que compartía el espacio con otras personas, como ahora con 24 años lo vuelvo a hacer, pero de forma más “profesional”. Con mi experiencia pasada aprendí a saber cómo NO quiero escribir. A nadie le importa lo que a mi me gusta o no en mi escritura, así que esto no tiene sentido desarrollarlo.

Necesito decir qué opino de las opiniones. Ok, entonces, las opiniones de muchas personas sobre cualquier cosa existen, y van a seguir existiendo, pero hay gente a la que le importa muy poco lo que el otro opina y ESTÁ BIEN. Ciertamente no pierdo la cabeza frente a lo que otra persona puede ignorar, creo que la diversidad de opiniones pueden variar desde lo aceptable a lo más horroroso pero confío en nosotros como humanidad y sé que cada vez más, aquellas opiniones más desagradables, se van acallando. Se encuentran desubicadas y paulatinamente, desaparecen.

“Algunas personas creen en Dios, yo creo en la música”. Limón Violeta es funcional a la Industria Cultural. Conmigo van a leer a full de espectáculos, siempre y cuando tenga tiempo. Sé que jamás voy a estar al ritmo de las noticias de esa índole pero rescato lo que más me interesa en lo personal, lo que me llama a querer compartirlo con alguien más.

Y terminando acá, quedan advertidos de mi rechazo -casi- absoluto hacia el ejercicio de escribir sobre mí misma. Lo importante está dicho.

Let the game begin.