Un viejo espejo

La luz del día desapareció. Los rayos del sol no iluminan a los condenados. La agonía se hace eterna y la súplica por la muerte es la oración de cada noche.

Viví mi vida como un cobarde, no quiero que su final sea igual.

Cuando era chico la oscuridad me paralizaba y las tormentas me causaban escalofríos. Con la muerte de mis padres y mi hermano, en el incendio, los temores aumentaron. El fuego se convirtió en mi peor pesadilla. El solo hecho de encender un fósforo, me hacía recordar la catástrofe.

Mis abuelos me llevaron a no menos de cinco psicólogos, y  ellos me derivaron a los psiquiatras. Los diagnósticos iban cambiando: depresión, ataques de pánico, fobias.

Hice un gran esfuerzo para mejorar y así evitar los cócteles de pastillas que me recetaban. Los temores nunca se fueron; pero yo fingía no tenerlos.

Diez años después de la muerte de mis padres, fallecieron mis abuelos.

La soledad de la casa potenciaba mis miedos. Las luces jamás se apagaban; las ventanas y las puertas debían permanecer siempre trabadas.

Antes de dormirme recorría todo el lugar, registraba cada habitación y luego la cerraba. La única que no cerraba con llave era la mía.

A la madrugada me despertaba y escuchaba ruidos. Parecían voces, susurros. Me tapaba la cabeza con la almohada para dejar de oírlos. ¿Realmente me estaba volviendo loco? Cada noche los susurros eran más fuertes. Cualquier persona normal se hubiera levantado de la cama la primera vez que los escuchó, y hubiera ido a ver de dónde provenían. A mí tomar esa decisión me llevó una semana.

Harto de no poder dormir, tomé coraje y me levanté. Primero, recorrí las habitaciones que estaban pegadas a la mía; pero el ruido se sentía muy lejano. Al acercarme a la escalera, el sonido era más fuerte. Bajé. En el living y en el comedor no había nadie.

Me dirigí hacia la cocina, y al ver que estaba solo, tomé un palo de amasar para poder defenderme. Quedaba un solo lugar sin revisar; el sótano; la única habitación a la que jamás había entrado y que siempre había permanecido cerrada.

A medida que me acercaba, con el palo en la mano, los susurros se convertían en voces claras, en muchas voces.

Busqué la llave y abrí la puerta. Las voces se callaron. Intenté prender la luz pero la bombita estaba quemada. Comencé a bajar las escaleras muy lentamente. Escuché risas, me paralicé. Respiré profundo y seguí bajando. Al llegar a la profundidad del sótano, silencio absoluto.

Con la poca luz que entraba por la puerta, pude darme cuenta que había muchos muebles antiguos que no me permitían ver la extensión del sótano. Vi un velador y lo encendí. No había nadie. Empecé a recorrer el espacio. Fui sacando las telas que cubrían los muebles y un grito logró tirarme al piso. Mis ojos y mis oídos no podían estar más abiertos y atentos. El llanto de una mujer no me dejaba mover. El ruido de los pasos en la escalara, al lado mío, hizo que me levantara y comenzara a correr.

La voz de Tomás me tranquilizó. En ese momento, el límite entre la realidad y la alucinación me resultaba difícil de distinguir. Tomás me llamaba. Decidí seguir su voz.

Las escaleras estaban lejos. Cada instante el sótano se hacía más extenso. El llanto de la mujer paró, los susurros desaparecieron y Tomás se calló.

Frente a mí, había un gran espejo, rajado en su totalidad. Cientos de pedacitos unidos en ese gran muro de bronce. ¿Por qué alguien guardaría un espejo así?

Me acerqué a él y vi sombras pasar detrás de mí. Me di vuelta y otra vez la soledad. Grité furioso, lleno de ira.

Antes de que volviera a girar alguien sujetó mi mano. Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Sentí como si todo el piso se hubiera movido, como si estuviera presenciando un terremoto; pero los muebles no se movían. Todo estaba en perfecto orden y tranquilidad. Todo menos yo.

Al darme vuelta vi que la mano que me agarraba salía del espejo. Podía visualizar una silueta, pero no podía ver su rostro. Esa mano era demasiado real como para que fuera una alucinación. La podía sentir; fría como el hielo, seca y escamosa, pequeña y lastimada. Lo más raro es que no me causaba temor, sino dolor, tristeza.

No sabía cómo actuar. La mano estaba aferrada a mí. Lo único que podía hacer era tirar para afuera y enfrentarme con lo que sea.

Tiré y tiré con todas mis fuerzas. El espejo no se movía. Estaba firme en su lugar.

Cuando estaba a punto de resignarme, la figura que se aferraba a mi mano salió del espejo; detrás de ella unas cinco más y así sucesivamente hasta ocupar prácticamente todo el sótano, y tenerme acorralado.

Tomás sujetaba mi mano. Estaba igual que como lo recordaba, pero con sus manitos lastimadas y la cara manchada, como si recién hubiera escapado del incendio. Se acercó a mi oído y me dijo: “Nunca me dejan solo, me siguen a todas partes”.

Los dos estábamos completamente rodeados por esos seres desalmados, desfigurados, lastimados de diversas formas, con ansias de venganza, de muerte, de castigo.

Todo el tiempo buscaba a mis padres o a mis abuelos, pero ellos no estaban. Solo éramos Tomás y yo, en medio de esa pesadilla.

Envuelto en la desesperación,  deduje que el espejo era un portal y que si lo destruía ellos desaparecerían, pero también lo haría Tomás. Nunca pude aceptar su muerte, tendría que haber sido yo esa víctima.

Desde el momento en que las figuras salieron del espejo, la puerta del sótano se cerró. Era inútil intentar escapar. Yo capaz lo lograba, pero no iban a dejar que Tomás se fuera conmigo.

En ese instante comprendí que mi lugar estaba junto a él, y que allí iba a permanecer, hasta que pasara a formar parte del espejo.

Srta. Granger

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