EL LADO WATERS DE LA VIDA

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Roger Waters pasó por Buenos Aires. Después de un año de espera finalmente llegó el día. Doce meses atrás estábamos sacando las entradas, felices muchos de poder volver a verlo por segunda vez, luego de la experiencia de The Wall en 2012. Otros impacientes de cumplir el sueño de poder escucharlo, presintiendo que con sus 75 años quizás sea su última gira. Llegó el día, sé de quienes tuvieron que resignar el presentismo en su trabajo para poder ir hasta La Plata. Volviendo a casa a las cuatro de la mañana, levantándonos al otro día a las seis; cansados, felices. Otros faltamos a clase sabiendo que eso implicaría perder el tema más importante de la cursada —dejándonos realmente en problemas para parcial de la semana siguiente—. Y sin embargo acá también estoy yo escribiendo, porque la necesidad me lo dicta. Porque ya no alcanza con cargosear a amigos y familiares hablando de lo increíble que fue tenerlo tan cerca, no alcanza con ser la plaga monotemática que llena las redes sociales con las mismas fotos. Una y otra vez. No se si es el domingo, la lluvia, o la depresión post recital. O las canciones que se me cuelan entre todo lo que hago llamándome a dejar de hacer lo que estoy haciendo y a tratar de entender el por qué de semejante fuerza.

Waters nos dejó dos conciertos difíciles de definir con palabras. Pienso que es casi imposible escribir sobre el recital sin hablar de uno mismo. En primer lugar, la música es mucho más que una arquitectura de melodía, ritmo y armonía. Incluso es mucho más que un bello arte; y si vamos a decir que es arte tendríamos que hacerlo en un sentido amplio. Puede decirse que Waters en el Estadio Único fue un ritual, una experiencia vivida corporal y emocionalmente. Fue la música como expresión ancestral, siempre conectando con lo más profundo del ser humano —con la dimensión más mágica y menos racional—. Pero también fue la música como experiencia personal, Floyd como el soundtrack de nuestra vida. La banda sonora que acompañó a tres generaciones: el público que disfrutó de Us+Them fue el de padres, hijos y abuelos. Jóvenes de los ’70 ahora convertidos en padres y luego en abuelos a fuerza de tiempo. Hijos y nietos que se criaron escuchando las canciones en viajes de auto. Pasando del LP al cassette y del cassette al CD, para terminar en Spotify. Waters parece ser atemporal. Redescubierto y vuelto a escuchar tantas veces, porque Pink Floyd siempre se guarda un lado que nunca terminamos de descubrir.

A la vez puede decirse que el espectáculo que montó Roger Waters en estos días es un producto de masas por excelencia, una superproducción multisensorial desplegada en un estadio de fútbol para miles de personas. Y aun así tiene alma, tiene aura. Tiene aquí y ahora, es la obra justa pensada para la coyuntura actual. Por eso además de interpelar la memoria sensible, moviliza la conciencia política. Sin tibiezas, la gira del ex Pink Floyd es una propuesta abiertamente política y fuertemente emotiva. Y allí reside toda su fuerza. A la vez emociona y hace reflexionar.

Es evidente su capacidad para percibir las problemáticas que perturban cada época. Hijo de un soldado muerto en combate, marcado por el drama de la guerra y la violencia, por la opresión del sistema escolar y la alienación; también supo actualizar esos dramas de la condición humana para describir el contexto presente. Las pelucas retro-futuristas de las coristas de Lucius dejan claro que estamos viviendo —como dijo el mismo Waters— entre Orwell y Huxley, entre 1984 y Un mundo feliz. Neofascismo, vigilancia y control social; un gran panóptico foucaultiano habilitado por las nuevas tecnologías. Fundamentalismos y nuevos muros. Casi una paradoja: mientras nosotros íbamos camino al estadio pasamos por un garaje donde unos vendedores estaban escuchando Los Redondos a todo volumen. Nos dio gracia. “Éstos se equivocaron de público”, pensamos. Y no. Como si el universo nos estuviera queriendo decir algo, la música nos canta que el futuro llegó hace rato.

El recital fue un manifiesto, un panfleto político. Propuso y resignificó un estilo setentoso, hoy atemporal, asesinado. Por ello se impone impactante y disruptivo en la época del fin de las ideologías, de la muerte de lo político. Dos mil dieciocho sonaba lejano. Posmodernidad, posverdad. Post. Una época marcada por la falta de compromiso y por el reinado de los discursos del marketing. Frívolos, mecanizados, economicistas, que nos atraviesan en distintos campos. En el de las percepciones, en las propias subjetividades. Waters nos vuelve a traer la potencia del reclamo y de la crítica radical, en un mundo que parece haber dejado de serlo. Utilizando esas enormes pantallas nos convoca a pensar, a ser humanos y a sobre todo a resistir.

De repente el suelo tiembla y vemos la tapa del disco Animals (1977) levantándose enorme ante nuestros ojos. Y Algie, el siempre presente chancho rosa, empieza a flotar sobre nuestras cabezas. Gran hombre, hombre cerdo, eres una farsa. Y se proyectan en la pantalla los hombres cerdo 2.0. Waters critica sin ninguna timidez a las grandes figuras representantes del establishment económico internacional, marionetas ridículas, payasos tan peligrosos como funcionales.

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Waters llegó a Argentina. Estuvo en La Plata y no nombró expresamente al presidente actual, como sí lo hizo en otros países. Pero no hizo falta. Decidió que su banda soporte fuera Puel Kona, un grupo mapuche de Neuquén, cuyo nombre significa “guerreros del este”. Recordó a Santiago Maldonado y dedicó Mother a las madres de los desaparecidos en dictadura, con quienes además ya se había reunido. Se emocionó y nos emocionó a todos al hablar de Malvinas. El jueves se reunió con el Nobel de la paz Pérez Esquivel, concientizando sobre la causa palestina y el poder de las corporaciones mediáticas. Para cerrar el lluvioso concierto del sábado abrazó a León Gieco. Criticó la injerencia de la Iglesia en los asuntos del Estado, se anudó al cuello el pañuelo verde y con el mismo gesto también abrazó a todas las mujeres que lo llevamos siempre colgado en la mochila. Por más que algunos piensen que el arte debe ser neutral, a Roger nunca pareció importarle. Y nosotres sabemos que la belleza puede ser un acto de resistencia, como sabemos bien cuál es el lado Waters de la vida.

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Peperina.

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