El nudo

Lo que nos pasa y no decimos de entrelazan con nuestros pensamientos y forman un nudo, que muchas veces se aloja en la garganta y otras se desliza por el esófago hasta llegar, estratégicamente, a la boca del estómago, donde divide al cuerpo en dos mitades, una bloqueada y otra debilitada. La primera no permite que te nutras ni que te alimentes. Tampoco deja que hables y hace que cambies el ritmo de la respiración. Intenta proteger al cuerpo de seguir lastimándose, sin considerar que el mayor daño es cultivar ese gran dolor que uno lleva dentro de sí. La segunda está preparada para la acción. Es la que decide si quedarse parado o salir corriendo. El nudo es tan fuerte que logra que las rodillas tiemblen y los tobillos se inflamen porque no permite que nada circule con fluidez.

Dejame que llore, que me haga bolita en la cama, que grite de agonía por la noche y la mañana. O acariciame el pelo antes de dormir y decime que todo va a estar bien. Mirame a los ojos y demostrarme que crees en mí. Contame que puedo salir adelante y dame la mano para ayudarme a aclarar mis miedos, a contar mis secretos y a pararme erguida, como hace mucho tiempo no lo hacía.

Dejame explicarte que este dolor que tengo, se transforma cuando mis labios se acercan a un oído amigo y las palabras se escapan de la maraña, suben por el esófago, atraviesan la garganta y salen por mi boca para escabullirse en el viento y alejarse de mí.

 

La hija de Peter y Wendy

 

 

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