#MIRÁCOMONOSPONEMOS

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A nosotras nos dijeron que las demás eran el rival. Las mujeres son jodidas y por eso es mejor trabajar con hombres. Nos repitieron que las mujeres están todas locas, que son falsas, competitivas. Todas envidiosas, por eso también es mejor tener amigos hombres. Nos enseñaron a ser rivales, pero resultó que no les creímos. Y entonces nos pusimos bien juntas, porque entendimos que el verdadero rival tenía forma de machismo y se llamaba patriarcado. ¡Y mirá como nos pusimos! A organizarnos, a marchar, a llenar las calles de libertad y glitter verde. Mirá como nos pusimos a escribir, a contar lo que nos pasa, a no callarnos más. Mirá como se acompañan las pibas, las brujas, las yeguas, las putas, las feministas. Mirá como el dolor de una es el dolor de todas. Mirá como empieza a dar miedo que el miedo cambie de bando. Mirá como dan miedo las mujeres sin miedo.

Da miedo e incomoda. Es que el feminismo es una ola enorme hecha de millones de gotas, potente e imparable. Una ola violeta golpeando las bases, resquebrajando las grietas de una de las estructuras de poder más arcaicas y eficaces de nuestra sociedad: el patriarcado. Sabemos que el patriarcado excede a los hombres. Es un dispositivo de dominación, omnipresente e históricamente constituido, en el que se organiza la relación entre géneros de una manera desigual. Entonces, existe un género que concentra poder en distintos niveles —simbólico, económico, político, cultural—; y otro género despojado de dichos privilegios y colocado en una posición de inferioridad. No se nace mujer, llega una a serlo; escribió De Beauvoir en 1949. Lo que significa que la biología no es destino y que ser mujer en nuestra sociedad es el resultado de un proceso histórico-cultural en el que se fueron dotando de ciertos roles-atributos (arbitrarios atributos) a quienes llevaban una genitalidad masculina y de otros a quienes llevaban una genitalidad asignada al sexo femenino. Sin ninguna esencialidad posible, la clasificación se constituyó de manera binaria: a determinado sexo le corresponde un género y un deseo sexual. Así, la mujer encarnó la costilla de Adán, la mujer siempre en referencia a un universal masculino. Fue conformada desde la religión, la ciencia, la cultura —incluso desde el lenguaje y el psicoanálisis— como la negación de lo masculino, un no-hombre, un sujeto castrado e incompleto. La mujer como la falta, la excepción a la regla. Como el sujeto marcado, impedido de ser nombrado en sí mismo, imposibilitado de tener voz. Y si —como explica Derrida— nada hay por fuera del texto, y estamos atados al lenguaje para poder aprehender el mundo, y si ese lenguaje es —no solo en contenido sino también en forma— machista: ¿cómo construir un mundo con relaciones igualitarias entre géneros? ¿Es concretamente posible? Quizás el lenguaje inclusivo no sea la mejor herramienta, pero es la que tenemos. La que vino a agitar las aguas, la que está revolviendo el problema de estar atravesades por un lenguaje machista que estructura el pensamiento dentro de esos límites.

El reconocimiento de una relación de poder entre géneros en la que el femenino se conforma como el oprimido, y la correspondiente organización para luchar contra sus diferentes manifestaciones, es el feminismo. Si hablamos de feminismo nos referimos a un movimiento complejo y multifacético, con vertientes variadas, pero siempre aglutinado bajo dicho reconocimiento. Lo que nos hermana es la identificación del patriarcado como dispositivo y del machismo como las variantes en que toma forma. El eje es el mismo, las estrategias varían. Más allá de las estrategias, en el contexto actual es imprescindible entender el machismo, con sus diferentes grados y manifestaciones, como un problema estructural. ¿A qué nos referimos cuando decimos que Darthés es un hijo sano del patriarcado? Nos referimos a que no es un enfermo, no es un monstruo, no es un lobo solitario. Si lo fuese bastaría con apartarlo para solucionar el problema.

Darthés no es una excepcionalidad o una individualidad, es el caso extremo de lo que algunos solo insinúan, es la punta del iceberg de algo más profundo. El feminismo también entiende la mala reputación de las explicaciones socioculturales en un contexto de  respuestas subjetivistas, que siempre priorizan el foco en el individuo como ente aislado. Y ensaya lecturas contrahegemónicas, sabiendo que el peligro de ignorarlas es el de seguir reproduciendo infinitamente el problema. ¿Qué sucede cuando nos quedamos con la condena al macho abusador y la compasión hacia la víctima? ¿Qué pasa si nos quedamos en la patologización del abusador? El resultado es re-victimización de la víctima por parte del opinador y su tranquilidad moral de estar del lado de los buenos. Solo logramos expiar culpas, exorcizarnos de la cuota de responsabilidad que cabe a todos y a cada uno; seguimos sin entender la relación entre pañuelos verdes, piropos y violaciones. Pero vamos más allá: no comprender dicha relación es un síntoma de esa misma lectura personalista y de la falta de entendimiento de un problema enraizado en lo más profundo de nuestra cultura. Es también una huella del miedo, cuando nos damos cuenta de que Thelma fuimos, somos y podemos ser todas; y que hay Dartheses mucho más cerca de lo que quisiéramos tener. El miedo disciplina, ninguna quiere verse a si misma como víctima. Nadie quiere aceptar a Darthés como producto y resultado de nuestra sociedad. Ninguno quiere recordar cuántas prácticas abusivas ha ejercido en su vida o cuántas ha pasado por alto.

¿Y qué hacer frente a esto? El feminismo propone deconstrucción. Revisar nuestras propias acciones y las de los que nos rodean. Pasarlas por el tamiz del pensamiento crítico; transformarlas y convertirlas en compromiso concreto, sostenido. Desarmarlas, ponerlas de cabeza. Enfrentarnos a lo endeble de la normalidad, y comprender que el mundo es así pero que también podría ser de otra manera. Más justa. Tomar la decisión política de creerle a las pibas, de acompañar. Asumir que existen las posiciones de privilegio, correrse del centro de la escena, hacer silencio y escuchar la voz históricamente enmudecida. No caer en el vicio de explicar a las mujeres cuáles son las maneras correctas.

Como movimiento vivo el feminismo fue mutando y complejizándose. Desde las reivindicaciones sufragistas hasta De Beauvoir, y de Simone de Beauvoir hasta Butler. Desde las marchas del Ni una menos, hasta los reclamos por la despenalización del aborto. Del estereotipo de ama de casa abnegada al cuestionamiento de la representación de la mujer en la publicidad y los medios masivos. Del crimen pasional al femicidio y del piropo al acoso callejero. El feminismo aparece entonces como una gran ola, que todo lo cuestiona y abre interrogantes hasta en los rincones más impensados de nuestra sociedad, amenazando uno de los cimientos más sólidos sobre los que se constituyó nuestra cultura. El feminismo da vértigo.

La clave está en entender aquello que une todas estas discusiones y a la discusión misma como forma constitutiva del feminismo, como un movimiento incapaz de cerrarse y autodefinirse. Si la naturaleza no es destino, y el ser mujer es también resultado de una lucha cultural en plano simbólico, deberíamos preguntarnos: ¿Qué es ser mujer hoy? ¿Cuáles son nuestros intereses? ¿Cómo definir estrategias para defenderlos? Quizás no haya respuesta única y la riqueza del movimiento sea su constante resignificación y readaptación a los contextos y vivencias, siempre sin perder de vista las relaciones de poder. Y sin perder de vista que, mientras pongamos en escena el conflicto, el patriarcado ya no va a poder delimitarnos la respuesta unívoca.

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